Aficionados al cine rodado en los espectaculares paisajes almerienses: aventuras y westerns,
la increíble belleza del desierto,los decorados que nos quedan, los escenarios clásicos, recorridos por la Almería del cine, noticias sobre rodajes actuales y proyectos...
Una foto como esta, enviada por su hijo para nuestro proyecto de homenaje a los figurantes almerienses, no podía ser la de un extra normal y corriente. Detrás de una foto junto a un grande como Burt Lancaster, tenía que haber una historia y, muy probablemente, se debería no a una figuración profesional sino más bien a una cuestión de amigos. Y así es.
Este figurante ocasional no es otro que Juan Fernández Muñoz, miembro de una de las familias más reconocibles de la historia cinematográfica de Almería, presente desde el inicio (su padre, Diego, fue uno de los pioneros, su hermano, Diego, también estuvo en la profesión) y hasta nuestros días, con cuatro generaciones ya en el oficio del cine.
En paralelo al devenir de esta familia se puede contar, casi sin dejarse nada, toda la historia del cine rodado en Almería.
Pero hoy solo nos centraremos en este "figurante" tan privilegiado.
Juan Fernández trabajó de conductor desde muy joven. Su pericia, también crucial más tarde con los cineastas, hizo que siempre se codeara con ingenieros y altos cargos, civiles y militares. Durante el servicio militar en Almería ya ayudó a su padre algunas veces pero fue al terminar la mili cuando definitivamente se dedicó de lleno al cine.
Figurantes western, su flota de coches en Mónsul y trabajadores en 'Patton' (1970)
Sin saber idiomas, supo desenvolverse muy bien entre los "peliculeros' que empezaban a venir a nuestra tierra, primero solo como conductor y más tarde como 'localizador de escenarios', gracias a su gran conocimiento de toda la provincia. Su gran baza siempre fue que conducía muy bien (Alfredo Landa le dijo una vez: "ir contigo de conductor es como ir montado sobre un ángel) y por eso lo ponían de conductor con los más grandes: Sergio Leone, Clint Eastwood, Eli Wallach, Claudia Cardinale, Raquel Welch, Catherine Deneuve, Tonino Valerii,Gil Parrondo, David Carradine...la lista sería interminable.
Con Bud Spencer en 'Una razón para vivir y una para morir' (Tonino Valerii, 1972)
Desde que empezó en el mundo del cine, en 'Lawrence de Arabia' (David Lean, 1962), hasta su último trabajo, en la serie de TV 'Reina de espadas' (2000), fueron casi cuarenta años y una interminable lista de títulos, en los que desempeñó facetas variadas como conductor, localizador, producción y jefe de transportes.
Con una cassette que llevaba en el coche y hablando con la gente aprendió a manejarse en inglés, hablaba el italiano y, fundamentalmente, se hacía de querer por los artistas con los que trabajaba. De ahí nacieron estos cameos, de la amistad y del buen ambiente.
En 'Cara a cara', 'Cazador de recompensas' y 'Que viene Valdez'
Muy especial fue su relación con el director italiano Sergio Leone, conocido por su perfeccionismo y su exigencia con todo su equipo. Cuando la tensión del rodaje le ponía nervioso, dando lugar a veces a ese particular gesto de abrir y cerrar las manos -por el que le apodaban 'el castañuelas'-, Sergio Leone le decía a su conductor: "Juan, súbeme al cielo", y eso significaba que lo llevara a uno de esos lugares en alto del desierto de Tabernas que tanto apreciaba el cineasta romano. Unos momentos en el paraje de La Sartenilla le servían de bálsamo para calmar los nervios. Esa frase, conocida por la mayoría de aficionados, deja constancia de la relación de profesionalidad y confianza que siempre marcó los trabajos de Juan Fernández con algunos de los más grandes de la historia del cine.
También fue estrecha su relación con Clint Eastwood y Eli Wallach, sobre todo en Covarrubias (Burgos), lugar al que viajó Juan Fernández con su joven mujer embarazada para trabajar en el rodaje de 'El bueno, el feo y el malo' en la zona del Arlanza. Durante el verano de 1966 compartieron paseos en familia en las tardes y momentos libres que dejaba el rodaje. Precisamente, en un lugar emblemático de esa comarca, el cementerio de Sad Hill, figura desde hace unos meses este sencillo recuerdo a su persona y a aquella experiencia.
Cementerio de Sad Hill (Burgos)
Dos hijos de Juan Fernández también se han dedicado al cine y están en activo, con una extensa filmografía ya a sus espaldas. Juanito fue reconocido con el premio ASFAAN en el Festival Internacional de Cine de Almería en 2015 y Tate recibió el ASFAAN en la edición de 2019 del Almería Western Film Festival de Tabernas. Una de sus nietas, Laura, inicia la cuarta generación en la profesión del cine.
Nuestro agradecimiento a Juanito Fernández por las fotos y por la información.
La noticia del fallecimiento de Bud Spencer a los 86 años, cuyo nombre real era Carlo Pedersoli, me produce una infinita tristeza. Se marcha un icono de mi infancia, un superhéroe de carne y hueso, la persona que mejor ha repartido hostias con la mano abierta, el inventor del puñetazo vertical, ese golpe que impacta con el puño de plano en la cabeza del adversario, una presencia carismática en pantalla y, sobre todo, una de las personas que a través de sus películas me enseñó a amar el cine.
Sí, tal afirmación puede resultar sorprendente, algún crítico purista, de esos que saben tanto que parece que escriben para sí mismos, me llamará loco pero, para los ojos de un niño de los mitificados años ochenta, asomarse a una película protagonizada por el tándem Bud Spencer – Terence Hillresultaba mucho más atractivo que ver cualquier clásico de la historia del cine.
Así me acerqué al séptimo arte. Primero fue Chaplin, después las películas de Los Hermanos Marx, a los que no debemos dejar de reivindicar, Leone entre medias, y las aventuras de Spencer y Hill, o de Spencer y de Hill por separado, aunque cuando no actuaban juntos se echaba mucho de menos a la otra mitad, siempre esperabas que el otro apareciese en cualquier momento.
Las alocadas películas de este dúo despertaron mi interés por el cine. Se trató del primer paso para descubrir un medio de expresión sin el que hoy día mi vida sería diferente, no sé si mejor o peor, pero completamente distinta. Porque lo mismo que uno no se adentra en la literatura leyendo a Joyce o a Pessoa, tampoco lo hace en el cine viendo las obras de Eisenstein, Ozu o Kubrick. Eso viene después y se disfruta con la madurez, cuando uno posee el bagaje suficiente para saborear las joyas que alumbraron estos autores.
Mi cabeza guarda algunas simpáticas anécdotas relacionadas con Bud Spencer, y Terence Hill, cómo no, que por cierto se llama Mario Girotti. Una de ellas nos lleva a cualquier día del calendario escolar de 1987, o 1988, uno de esos días en los que tocaba excursión y viajábamos en autobús hasta parajes remotos como Castala o el Arroyo de Celín para pasar la jornada en plena naturaleza.
En el viaje de vuelta el chófer nos dijo que iba a poner una película. (Espero que la SGAE no tome medidas retroactivas por estos hechos). En aquella tele de pantalla curva del autocar empezó a emitirse una película de Spencer y Hill, no recuerdo cual, eso no importa. De repente, todos los niños estábamos dando saltos y riéndonos a carcajadas con la orgía de tortazos y mamporros en aquellas disparatadas escenas en las que nuestra pareja favorita vencía a sorpasso limpio, perdón, sopapo, a los malos. Fue lo mejor de la excursión.
La otra anécdota la viví en Italia. En 1993 tal vez. Estaba en Roma en una especie de viaje de estudios. Uno de los primeros días almorzamos en una acogedora pizzería. Se me ocurrió hacer una gracia y le pregunté a la camarera si Bud Spencer y Terence Hill eran italianos. Mis compañeros de mesa alucinaron con la ocurrencia y rotundamente coincidieron en que había perdido la cabeza. “Hombre, son americanos, está claro”, sentenció uno de ellos. La camarera se ve que no era muy cinéfila, no me sacó de dudas, pero le arranqué una sonrisa y eso para mí fue suficiente.
Ahora recuerdo otra anécdota, de uno de esos largos días de invierno en los que a las cinco de la tarde es de noche. Mi padre me mandó al video club, cómo los añoro, para alquilar una película que nos amenizase la fría tarde. Tendría 10 años como mucho. Se fio de mi criterio. Volví a casa con ‘Pegafuerte’ (1978), una de tantas protagonizada por Bud Spencer cuyo argumento daba lo mismo, la clave es que hubiera mamporros, y los había.
Mi padre se mosqueó un poco. No le vio mucho potencial artístico a ‘Pegafuerte’, hubiese preferido algún éxito del momento tipo ‘Rambo’ o ‘Desaparecido en combate’, pero al final cedió y aquella tarde que hubiese pasado al olvido infinito, como pasan la mayoría de las tardes de nuestra vida, la estoy rememorando hoy aquí, al recordar al bueno de Bud, porque en cierto modo me hizo pasar un rato muy agradable con mi padre.
Podría resumir la biografía y trayectoria de Carlo Pedersoli pero a estas alturas no tiene sentido. Ya se ha contado mil veces que fue un nadador destacado, con varios Juegos Olímpicos en sus anchas espaldas, trabajador de embajadas, licenciado en Derecho y Sociología, fundó una compañía aérea, cantante, compositor…, y decenas de cosas más.
Luego llegó el cine. Al inicio con anecdóticas apariciones todavía como Carlo Pedersoli, una de ellas en ‘Quo Vadis’ (1951), hasta que coprotagonizó ‘Tú perdonas…, yo no’ (1967), un estupendo spaghetti western de Giuseppe Colizzi rodado parcialmente en España, y en Almería, en el que ya estableció pareja hasta la eternidad con Terence Hill. Entonces Carlo, como era habitual en aquel tiempo, ‘americanizó’ su nombre y escogió el de Bud Spencer, en honor a su cerveza favorita, la Budweiser, y su actor preferido, Spencer Tracy.
El dúo se consolidó en el western con ‘Los cuatro Truhanes’ (1968), al lado de Eli Wallach, y ‘La colina de las botas’ (1969), ambas de Giuseppe Colizzi y que junto con ‘Tú perdonas…, yo no’ conforman una trilogía muy respetada dentro del western europeo.
La química con su compañero de mil batallas fue sencillamente brutal. Hill, delgado y atractivo, ágil y pícaro, se mezclaba a la perfección con Bud, grande y fuerte, bruto y cándido. Emergieron como pareja en una especie de transposición latina y socarrona de ‘El gordo y el flaco’, los de toda la vida, los célebres Laurel y Hardy. En esa idea radicó su esencia.
Con ‘Le llamaban Trinidad’ (1970) se desató la locura. Fue un éxito enorme. De las películas más taquilleras de la historia del cine italiano y español, aunque con ella se escribieron los últimos capítulos del spaghetti western. La parodia llegó al extremo y se agotó la paciencia del espectador.
Pero si tengo que destacar un título de este par, me quedo sin duda con ‘…Y si no, nos enfadamos’ (1974), de Macello Fondato. Tal vez la más surrealista de sus películas, la más divertida y la más sinsentido. Coproducción italo-española con rodaje en Madrid, la delirante propuesta se advierte nada más repasar el reparto, con Donald Pleasence, Manuel de Blas o Emilio Laguna.
‘…Y si no, nos enfadamos’ reúne un puñado de escenas inolvidables e inclasificables. El duelo de comer salchichas por el que se juegan el mini bólido por el que compiten Bud y Terence, la persecución en moto, la pelea en el restaurante, la singular canción de la película y, por supuesto, la secuencia del coro con el famoso “lalalalalalalalalalalala” y Bud Spencer haciendo pedorretas mientras ambos sortean a un francotirador (Manuel de Blas) y Emilio Laguna, director del coro, rompe batutas hasta perder los nervios.
Bud Spencer nos ha dejado y el destino ha querido que mientras se marchaba, su inseparable Terence se encontrara en Almería, la tierra que los vio nacer como pareja fílmica, tal vez para localizar un futuro proyecto. No sé si esta circunstancia ofrece alguna lectura, pero no deja de ser una caprichosa casualidad.
Lo que ya no se podrá hacer nunca es que ambos regresen para recibir un gran homenaje al lugar que los vio nacer. Hubiese sido genial, nos quedamos con esa espinita.
Como constatación de su calado sociológico queda el divertido anuncio de Bancaja de hace unos años, en el que Bud, enfadado, va repartiendo las distintas clases de mamporros de su repertorio a diestro y siniestro, con el personal choque de cabezas, el ‘fatality’ de sus golpes. Sin olvidar el celebritie que le dedicó Joaquín Reyes en Muchachada Nui: “Que no pase un día sin que deis una hostia, porque hostia que no se da, hostia que se pierde”.
Bud Spencer constituye una de las cimas del cine popular, un actor que ha calado en varias generaciones de cinéfilos de todo el mundo. Un emblema del entretenimiento en pantalla grande. Un símbolo que siempre permanecerá vivo en nuestro recuerdo con su tupida barba y sus grandes manos sentando cátedra. Un gigante bondadoso al que nos referimos como a uno mas de nuestra familia. Un coloso de los mamporros.
Giuseppe Pedersoli comunicó la muerte de su padre. Confirmó que no sufrió y que murió en compañía de su familia. Su última palabra fue “gracias”. Un digno adiós para alguien que nos ha hecho pasar muy buenos momentos, para una figura que alcanzó la universalidad traspasando fronteras y culturas. Para un hombre que se ganó la inmortalidad en un rincón privilegiado de nuestra memoria. Gracias Bud por haber hecho de este mundo un lugar más divertido.
Obituario escrito por el periodista y escritor almeriense Juan Gabriel García para ALMERIACINE y ADIOSGRINGO